series, distopías, rebeldía, capitalismo y adicción

Lo ha vuelto a hacer. El capitalismo ha sabido adaptarse de nuevo, darle la vuelta a la situación y salirse con la suya. En a penas 6 años, hemos pasado de un panorama en el que una inmensa mayoría de la gente, se descargaba películas y series sin ningún problema, a otro muy distinto, en el que lo raro es no pagar alguna plataforma de streaming.
Lo ha logrado y tenemos a una mayoría acomodada pagando religiosamente su cuota mensual, para obtener su dosis de soma. Porque, no nos engañemos, aunque algunas valoren el aportar su grano de arena al mundo audiovisual y colaborar con sus creadoras, la mayoría lo hace por la comodidad de sentarse ante una pantalla y darle al play.

Vamos a analizar este fenómeno, así como el de las series “revolucionarias”, que nos hacen empatizar con revueltas y disturbios y también el de el género de las distopías.

El consumo de series de televisión ha experimentado un cambio con las nuevas plataformas, que permiten consumir todos los episodios seguidos. Esta disponibilidad inmediata ayuda a que nuestro sistema nervioso del refuerzo, que tolera mal la demora, se active y que la persona pueda ‘engancharse’ con mayor facilidad. Además, ante una maratón de series, el cerebro genera dopamina, una señal química relacionada con el placer. Ello favorece una recompensa natural que refuerza la relación con esa actividad y el cerebro envía sensaciones positivas para continuar con esa tarea.
Al ver una serie se activan las mismas áreas en el cerebro que cuando vivimos una experiencia real. Las usuarias se identifican con los personajes, se sienten atadas emocionalmente y se preocupan por los conflictos que viven.

Algunos informes sugieren que, después de un atracón de series, las personas pueden sentirse físicamente exhaustas y con un estado de ánimo emocionalmente bajo. Se podría asimilar en cierta medida a las consecuencias conductuales del consumo de algunas sustancias psicoactivas.

Según una encuesta, siete de cada diez personas del estado español son «adictas» a las series. Un 41% de la muestra afirmaba dedicarles al menos una hora y media por día, y casi un 30% más de dos horas diarias. El 66% admitía no poder evitar seguir viendo series aunque sepan que pierden horas de sueño y el 35 % que había cancelado actividades con familiares o amigos debido a la misma razón. Una alienación invisible del tiempo del ocio que se sustenta en el deseo colectivo de evadirse de una realidad amarga y pesimista.

La adicción a las series, no obstante, existe: se trata de una adicción conductual, es decir, no relacionada con ninguna sustancia, sino a actividades (como sucede con internet, los videojuegos, el trabajo, deporte, compras, etc.). El caso es que «todas las adicciones comparten las mismas cuatro características, relacionadas con una gran liberación de dopamina:

  • 1. Uso excesivo: se pierde la noción del tiempo

  • 2. Abstinencia: al fuerte deseo de ver la serie, lo acompañan «sentimientos de ira, tensión, rabia o tristeza si no se puede acceder a la plataforma donde se emite».

  • 3. Tolerancia: para saciar sus deseos, se necesita cada vez más horas de visionado o apuntarse a más plataformas.

  • 4. Repercusión negativa en la vida de la persona: además de llegar tarde a compromisos, esta pérdida de control suele generar discusiones, aislamiento social, problemas de salud, falta de concentración, modificación del estado de ánimo…

Y también está la presión social: existen series que «hay que ver» lo antes posible, para estar siempre al día, para no quedar fuera de conversaciones.

distopías y revolución social

Generamos productos basados en una realidad extrema porque la realidad cotidiana es horriblemente plana, mediocre, aburrida, triste…

Y en esta vorágine de adicción y consumo, es donde irrumpen las series “contrahegemónicas”, revolucionarias y distópicas. Series que a priori se presentan como antisistema pero que en realidad esconden una ideología reaccionaria que desanima el sindicalismo y la acción social.

Tradicionalmente, las utopías se concebían en los malos tiempos y las distopías en los buenos, Porque nos gusta imaginar lo contrario de lo que vivimos, pero nuestros tiempos son todo lo contrario de buenos. El mundo de hoy es complicado y amenazante, nos bombardean con titulares, en esa situación, la distopía funciona como sedante.

¿Qué dice de nosotras tanto feedback distópico? ¿Por qué no hay series sobre utopías?

Nos resulta más fácil imaginarnos como zombis absortos por el consumo y amenazadas por la destrucción del planeta que como seres liberados de cualquier régimen de explotación y alienación económica. Ante este panorama, el entretenimiento, ahora más que nunca, se ha convertido en un elemento de primera necesidad para paliar la insatisfacción social mediante la evasión.

¿El objetivo? crear una sensación pesimista sobre nuestro futuro de aquí a quince años para que, una vez llegados a ese tiempo, cuando nuestra sociedad no sea ni tan autoritaria ni tan despótica, y cuando no hayas perdido todos tus ahorros ni tengas que sobrevivir en casa de tu abuela con cuatro trabajos precarios, pero tengas cada vez menos libertades, menos capacidad económica y un solo trabajo por un salario que no te permita pagar tu alquiler de un piso en un barrio gentrificado, pienses que las cosas no están tan mal. En resumen, crear un sentimiento de conformismo ante el cambio social que se nos presenta a nuestra generación. Total, podía haber sido mucho peor tal y como estaban las cosas, así que confórmate y no te muevas mucho.

el problema eres tú, no el sistema

Por ejemplo, en Black Mirror el problema con las tecnologías se presenta como un problema personal de las consumidoras, que no saben hacer buen uso de los avances y los vuelcan sobre sus vicios, traumas y maldades. Sin embargo, en ningún capítulo podemos encontrar una reflexión sobre las productoras de las nuevas tecnologías y la orientación con la que llegan al consumidor. Siempre es más fácil poner el foco sobre el individuo particular que sobre un entramado económico que se está haciendo el dueño de la sociedad a través de las tecnologías de la información y la comunicación.

En series como MrRobot, claramente hay un grito a la acción individual, rechazando toda clase de organización colectiva para hacer frente a una sociedad injusta y despótica y realizar una revolución. No te asocies, no te sindiques, no participes en tu barrio, en movimientos sociales colectivos. Simplemente actúa individualmente, con la ayuda mínima de alguna persona que te deba un favor, pero sin tejer redes sociales complejas. Actúa desde tu casa, con tu ordenador, con tu móvil, pero no hagas nada que de verdad pueda hacer que sientas las cadenas y quieras cambiar tu sociedad. Simplemente, resígnate y desahógate desde tu pantalla.

Nos están ganando. No somos capaces de crear un contrapoder, productos audiovisuales de gran éxito y trascendencia social, sino que asumimos como contrahegemónicos productos que provienen desde la misma hegemonía de la clase dirigente, que nos las ofertan como un cebo antisistema y critico contra sus propias bases, pero que detrás esconden un mensaje que termina calando y desmovilizándonos.

Las representaciones de un porvenir post-apocalíptico responden a la inexistencia de relatos alternativos, reforzando así la idea de que el sistema capitalista es el único escenario posible frente a la barbarie. Las ciudadanas de la sociedad de masas creerán vivir en el mejor de los sistemas posibles, porque se les priva del conocimiento de ningún otro. Teniendo en cuenta que este sistema capitalista también está en crisis, quizá en una sistémica, deberemos de suponer que este tipo de relatos constituyen una especie de preparativo ante el advenimiento del apocalipsis.

El sistema permite un cierto margen de disidencia en tanto que le reporta beneficios económicos y una imagen de inclusión y benevolencia, pero está permanentemente alerta, listo para actuar con firmeza en el momento en el que el discurso comience a calar más de lo deseable.

¿Qué debemos pensar de un producto que glorifica al ladrón concienciado (La Casa de Papel) pero pertenece a Atresmedia, potente conglomerado industrial que durante algún tiempo entró en el selecto y turbio Ibex 35? Black Mirror está producido por Endemol, creadora del alienante Gran Hermano y otras telerrealidades. Tras Endemol está Goldman Sachs, uno de los grupos de banca de inversión y valores más grandes del mundo. Tras MrRobot está Comcast Corporation, propietaria de NBC Universal que posee a USA NETWORK, productora de la serie. Además de producir televisión, Comcast provee internet y telefonía a Estados Unidos y Latinoamérica. La serie que tanto nos gusta «El colapso«, está producida por Canal+, empresa a su vez propiedad de Vivendi, conglomerado empresarial, propiedad de mega coorporaciones, como BlackRock, entre otras financieras. Netflix pertenece, entre otras, de nuevo a BlackRock, el fondo buitre de inversión más grande del mundo.
Empresas todas estas nada interesadas en un cambio social o económico, y mucho menos en una “revolución. El capitalismo no teme dar alas a quien le cuestiona… si atrae a millones de seguidores, millones de clientes. La disidencia es otro nicho de mercado.

También podríamos hablar extensamente sobre las consecuencias ecológicas y climáticas de este consumo. Por poner un ejemplo, Netflix representa más de un tercio del tráfico de Internet en los Estados Unidos. La transmisión y visualización de servicios de video a pedido, como Netflix, libera alrededor de 100 millones de toneladas de dióxido de carbono cada año. Esto corresponde a aproximadamente el 0.3% de las emisiones globales. El uso de tales servicios de video libera aproximadamente tanto CO2 por año como el estado de Bélgica.

Resumiendo, son muchas las autoras que alertan del peligro de las distopías; la atracción de la audiencia a ellas las hacen un negocio ideológicamente muy rentable. Sus narrativas catastrofistas sobre el futuro retroalimentan el sentimiento de que ya es demasiado tarde para actuar, liberándonos así de la obligación de preocuparnos por algo que simplemente no está en nuestra mano cambiar.

Hay bastantes motivos para sentir inquietud ante el éxito taquillero de las distopías. Primero porque el catastrofismo es el mejor amigo del fascismo. Segundo, porque cuantas más películas, teleseries, novelas bestseller, documentales sobre el futuro apocalíptico, más vamos convirtiéndolo inconscientemente en un desenlace inevitable.

Una cultura más sana que la nuestra estaría creando contenido sobre un nuevo mundo basado en sistemas locales de producción de alimentos, energías renovables, redes de apoyo mutuo, autonomía colectiva y comunitaria…
Una sociedad más sana, estaría viviendo sus propias vidas, en lugar de evadirse en los productos que las emprersas nos ponen encima de la mesa. En lugar de vivir las vidas prefabricadas de personajes direccionados. Estaría creando utopías, otros mundos posibles, o en su defecto aprendiendo de los modelos de quienes ya caminan hacia allá. De quienes tienen tanto que compartir de su experiencia, en lugar de experiencias irreales y ficticias.
Podemos evadirnos de mil formas, sí. Y a veces es necesario. Pero está bien ser conscientes de hacia dónde nos llevan algunos modelos de evasión y elegir en consecuencia.

*Este artículo se escribió para el Fanzine Escatizar. Al ser un texto para fanzine, no se recopilaron todas las citas, por lo que algunas se han perdido. Dejo a continuación algunas fuentes que he logrado recopilar por si se quiere ampliar información:
– Rey Segovia, A. C. (2016). Cine distópico y crisis social. El caso de la adaptación cinematográfica de Los Juegos del Hambre. Universitat de València.
– Aranda Garrido, P. (2020). Infiltración ideológica en la cultura de masas: Las series de Netflix, HBO y Amazon prime video.
https://www.yorokobu.es/revolucionario-patrocinio/
https://www.elsaltodiario.com/1984/years-and-years-black-mirror-mr-robot-hegemonico-como-contrahegemonico#

Lo Rural frente al Estado (de emergencia)

Quienes vivimos en lo rural, en lo rural marginal, somos ajenas a los estados de emergencia. Desde que vine a vivir aquí, siempre he estado feliz de la libertad tan amplia y en tantos sentidos que me da habitar un sitio así. Y en estos días el contraste es aún más evidente.

Aquí no existe el confinamiento, es inviable. El control del Estado no llega, ni llegará. No hay efectivos para controlar los miles de pueblos pequeños en lo rural. Los virus pueden llegar, sí, perfectamente, pero no el Estado. Aquí seguimos yendo al huerto, a pasear, a cortar leña, a arreglar un camino o un muro, nos encontramos en las puertas o en la plaza… Las precauciones las tomamos, como en cualquier sitio, distancias seguras, nada de contacto físico entre vecinas… Pero la libertad la conservamos, sobre todo la de movimiento.

Aquí la vivencia es muy diferente. Si no fuera por los medios de comunicación, no sabríamos nada de lo que está pasando. Y es que tenemos la costumbre generalizada de tener la compra hecha para varias semanas, de ser previsoras con las necesidades. Cuando tu tienda más cercana está a media hora en coche, no te queda más remedio. Además, la tierra nos provee de mucha comida y las despensas están llenas de alimentos de la huerta y conservas.

Me alegra mucho ver cómo en estos días están apareciendo como setas cientos de redes de apoyo mutuo autónomas por las ciudades de toda la península. Algunas ya existían, otras se han creado de la nada, incluso a nivel de barrios, calles o edificios.

Resulta realmente curioso cómo muchas de estas acciones que están llevando a cabo, son cosas que en lo rural realizamos en lo cotidiano: hacer la compra a las vecinas, ir a la farmacia, preocuparse por ellas, aprovechar desplazamientos, preguntar necesidades… En definitiva, cuidarnos. Son cosas que se han perdido, de manera interesada y provocada, por un sistema cruel; en pro de un individualismo desmedido.

Muchas personas se han mudado a los pueblos, escapando del confinamiento en ciudad. Muchas personas han decidido habitar esas «segundas residencias» que permanecen abandonadas salvo en momentos puntuales. Muchas son las que han recordado las posibilidades de lo rural. Un mundo que no ha conseguido escapar por completo al avance incontrolado de la civilización moderna, pero que se mantiene en otra época. En un escenario más «decrecido». Y es que desde una perspectiva de colapso sistémico del mundo, tal cual lo conocemos, aquí hay muchas posibilidades para la vida.

Lo rural nos ofrece este espacio salvaje, de libertad y de comunidad que hemos despreciado mucho tiempo, pero que aún estamos a tiempo de recuperar. Lo rural no se puede controlar tan fácilmente, los márgenes son resistencia. La autogestión es vida.

Tenemos una situación nueva ante nosotras que nos va a afectar de diversas maneras, la fragilidad de este sistema se hace palpable más que nunca y nos vamos a necesitar. Ojalá que podamos aprovechar esto y que el apoyo mutuo y la solidaridad que llevamos dentro florezca y enraíce para quedarse, ojalá que estemos ahí para cuidarnos.

Con amor desde lo rural.

Algarrobo